La
Propuesta de desescolarización y el fin de la escuela.
Una
función incuestionable de la educación es aquella orientada a permitir que las
personas operen al máximo de sus capacidades, equiparlos con las herramientas y
el sentido de la oportunidad para usar sus pasiones y capacidades al máximo. La
contraparte antinómica de esto es que la función de la educación es reproducir
la cultura que la apoya; no sólo reproducirla a ella, sino además sus fines
económicos, políticos y culturales. Por tanto, ¿se puede entender la escolarización
como el instrumento para la realización individual y a la vez como una técnica
de reproducción para mantener y desarrollar una cultura?, y según estos fines
de la educación ¿cuáles serán las diferencias entre una sociedad educada y una
sociedad escolarizada?.
En
el presente artículo abordaremos estos cuestionamientos a través de la revisión
crítica de los alcances y las nociones del proceso educativo que postulan los
principales autores referentes de la propuesta de Desescolarización, quienes
nos ofrecen enfoques y metodologías de enseñanza diferentes a las
tradicionales, argumentando que los aprendizajes son más útiles prescindiendo
de la institucionalidad escolar, y en donde el desarrollo humano es percibido
como una meta que se puede alcanzar a través del fomento de la autonomía, la
reflexión, la crítica, y la creatividad a través de los principios de educación
anti institucional y de auto aprendizaje, fuera de las aulas y sin aulas. Al
hablar de la desescolarización, los interrogantes más frecuentes ponen en duda
su capacidad para plasmarse en la práctica. Sin embargo, lo primero que uno/a
debiera preguntarse es si la escuela, ya sea en sus vertientes capitalistas o
libertarias, puede cumplir su pretendida función emancipadora. La
desescolarización es, ante todo, una tentativa de respuesta a esta
problemática: no sólo evidencia el fracaso de toda escuela a la hora de
garantizar la liberación del ser humano, sino que cuenta con un rico abanico de
propuestas para superar esta concepción tan limitada de la enseñanza. En
contrapartida a esta visión, necesariamente surgirán nuevas interrogantes que
asumiremos: ¿es necesario extinguir la escuela para garantizar la formación de
un sujeto crítico y creativo? ¿Es posible la socialización sin la escuela? o acaso
¿es la institución meramente la que debe cambiar?.

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